Los mismos rostros, tan conocidos. Las mismas voces, tan sonantes. Y estos mismos lugares, que se han convertido en pasillos de un laberinto del que no puedo escapar. He chocado contra la cruda y dura realidad y, como si de un placentero sueño hubiese despertado, me encuentro demasiado ausente. Demasiado cabreado con el mundo y con mis constantes vitales.
Hace tiempo que no puedo llorar, quizá sirviese de algo. Quizá vaciarme por dentro, un poco más, pudiese hacerme levitar por estos sentimientos. Olvidarme de todo y de todos. Del ruido que, tan callado, y durante tanto tiempo, ha ido dejándome sordo. Olvidarme de las situaciones que, sin darme cuenta, han ido oprimiendo mi felicidad. Hace tiempo que no puedo sonreír, quizá ya no importe.
Es difícil. Compleja la forma de intentar entender cómo he llegado hasta estos puntos suspensivos. Supongo que a los abismos de la vida llegamos poco a poco, sin percibir el vértigo, habituándonos a la catástrofe y perdiendo la capacidad de salir corriendo. Y un día despiertas y compruebas, medio horrorizado medio alarmista, que tu vida se ha convertido en un blanco fácil para las desgracias.
Y no sabes qué hacer. Miras hacia atrás y no ves caminos de vuelta, sólo zarzas que te cierran la huida. Y en ese punto de infinita angustia fundamentas tu nuevo estilo de vida. Un estilo de vida suicida, dramático y nostálgico. Un estilo de vida de los baratos, de esos que no incluyen paracaídas. Así que, si algún día caes, nada sobrevivirá a la caída, ni siquiera tus esquemas, que caerán contigo.
Y, mientras tanto, el mundo no se detiene. La sociedad sigue sacando matrícula de honor en ignorarte. Nadie se ha dado cuenta de que pendes de un hilo. "Qué hijos de puta" piensas, pero la verdad es que ya estás acostumbrado a las derrotas. Es normal que termines perdiendo la esperanza en salvarte. Incluso, intermitentemente, es normal que hasta pierdas la esperanza en caer. Porque, llegados a un punto, hasta dejar de luchar se vuelve una idea tentadora. Pero no sucumbes, sigues congelado en ese punto de infinita angustia en el que has fundamentado tu nuevo estilo de vida. Y sobrevives como puedes, malviviendo, alimentándote de algunos arrebatos optimistas que, de vez en cuando, nacen cuando recuerdas los buenos tiempos.
Todo ha terminado resultándome indiferente. He perdido muchas ganas por el camino, y ya sólo han quedado las que me llevan a escribir estas líneas, por si tengo la suerte de encontrar algunas respuestas en ellas; o por si tengo la suerte de que alguien encuentre respuestas en mí.