domingo, 24 de febrero de 2019

Otros días



Ya no vuelves, mi amor, eran otros días

más oscuros o lúcidos no importa,

fue entonces el tiempo tan largo

¡tan lejano parecía!


Solo un poco de calor más porque no existe el calor

(sí existe el calor pero a través de qué cuerpos);

una multitud de casitas en fila hasta la ciudad;

el viento ya no puede traernos el aroma del campo.


Quisiera, como he querido: absurdo

(porque el amor absurdo conozco,

aquel inconsolable, aquel efervescente),

querer mi cuerpo como quiero a las plantas,


porque no puedo tocarte porque tu cuerpo

es una transparescencia de mis manos,

así son mis manos coyotes, pájaros odiosos,

y van allá buscando comer de las rocas.


Si entendieses el vértigo pero no temes las alturas,

si escuchases mi corazón pero anda latiendo callado,

si acaso me besases en un descuido, y supieses que te amo.












lunes, 27 de mayo de 2013

Recaídas


Y allí estábamos los dos, un poquito sin saber cómo decir que aún nos queríamos. No, espera, no queríamos decirlo; sólo queríamos dejar de sentirlo. Cerrar los ojos y escapar, como siempre. Y es que no podemos cicatrizar tan rápido las heridas del corazón, supongo. No podemos despertarnos una mañana y cambiarnos los sentimientos mientras nos quemamos con el café. Y ese, quizá, es el problema: que a veces la razón dice sí muy fuerte, y el corazón niega con la cabeza. No preguntes quién termina cediendo, lo sabes muy bien; ayer te besé con la mirada sin que te dieras cuenta. Y me gustaría que no me tentasen tus esquemas, oye. Y es que esos besos que algún día fueron míos, habiéndolos perdido, es un poco como notar un vacío en mi boca. No podría encontrarle otras palabras a ese querer, pero no quererte. A ese tren que me lleva de vuelta a donde ya fui y de donde escapé hace algún tiempo: a tus brazos. A tu ese algo que me enamoró un día, y que seguirá ahí, supongo, pero yo, ya, no quiero. Yo ya sólo sonreír como un tonto y esperar que me consideres curado del amor, que de repente empezó a matarnos sin llamar a la puerta. Y ni triste ni bonito, como la vida misma, el tiempo sigue pasando sin nosotros saber muy bien por qué pasa, y que probablemente no pase por nada en concreto. Ya ves que sigo sin saber escribirle finales a las historias tristes. A nuestra historia. Y así es un poquito toda mi vida.

Sobre aquello


Era un poquito dejarse llevar, sino no, sino quererla terminaba asfixiando, como una de esas noches calurosas de agosto en las que ni siquiera puedes dormir. Y es que ella era también un poquito insomnio. Recuerdo... recuerdo que un día la llevé a ver un atardecer. No era el atardecer más bonito del mundo, pero tampoco importaba, recuerdo que allí, a su lado, sin prestarle atención a nada que no fuese suyo, odié no poder detener el tiempo. Odié que el contacto no fuese excesivo, que no hubiese suficiente ración de besos. Si existe un límite en todo, os aseguro que no había ninguno en las ganas que le tenía. Que yo aprendí a desvestirla sin tocarla, chicos. Que aprendí a fotografiarla con palabras, en poemas que nunca me atreví a escribir. Que aprendí a besarla sin rozar sus labios. Aprendí, y qué bonito, a echarla de menos cuando estaba. A morir un poquito cuando se iba, y cuando decía "adiós" y sonaba como un disparo. Que yo por ella dejé de perder todos los trenes. 

No sé. Aquello fue hace mucho, y si cierro los ojos sólo puedo escribir lo bonito, que ha quedado como una pequeñita y, sí, vale, preciosa cicatriz. Al final, dicen, y será verdad, que el tiempo sólo nos hace guardar las cosas buenas. Los atardeceres como aquel. Las tantas noches de mirarnos sin decir nada. Las muchas sonrisas al verla aparecer, ya por el horizonte, y que conforme se acercaba más, yo latía más fuerte. Como si me fuese la vida en ello. Como sí, y supongo que así era, me fuese la muerte sin ella.

Hablando de necesidades, ¿tú bien?


Que no quiero que vuelvas, lo que yo quiero es que no te vayas nunca. Que no quiero finales felices, ni poemas bonitos, ni domingos de mantita y peli, ni París; yo lo que quiero es que estés. Eso es todo. Que estés y me mires, cuando me derrumbe por dentro, y que me cojas de la mano muy fuerte cuando empiece a romperme, y que me digas que no, que no merece la pena, cuando ponga los ojos en blanco y me entren ganas de llorar. Quiero que me abraces el insomnio por las noches, que me entiendas los silencios y que cantemos alguna canción de Radiohead en la ducha. Que me pases el humo, que me beses sin motivos, que me improvises sonrisas y quiero no tenerle miedo a los lunes a tu lado. A tu lado, todo, sino nada. A tu lado sonriendo o llorando, qué más da, hace tiempo que me maravilla la belleza de lo triste. Hace tiempo que planifico un futuro contigo, como si fuese la salida de emergencia de mi vida. Y es que creo que sigues sin entender que yo me reduzco a un montón de ojalás que se parecen mucho a tu forma de besarme. Nadie va a entender mejor que tú esta tonta necesidad de cerrar los ojos y que, al abrirlos, sigas ahí, a mi lado, sin que te asusten ni mis cicatrices ni mis ganas asfixiantes de escapar. Que sigas ahí ayer, hoy y mañana. Y hasta que se nos sequen las ganas y nos preguntemos qué hora es nada más levantarnos, mareados ya de girar con el mundo. No sé, me ahogo un poquito al no poder expresarlo mejor. Al comprobar que las palabras, a veces, no están dispuestas a hablar de esto: de lo de dentro. Así que, cariño, cierra los ojos con fuerza. Lo haces muy bien. Sí, muy bien...

Escombros


Qué quedará de nosotros, de ti y de mí, cuando dejemos de intentarnos, cuando el orgullo gane el pulso y cuando le abramos la puerta al insomnio por las noches, de madrugada, y ya nada importe demasiado. Qué quedará cuando, en nuestros cuartos, tumbados en la cama, parezcamos dos cadáveres, tan fríos y con esa triste sonrisa en la mirada que deja la distancia cuando mata. Qué quedará, yo no lo sé, no me preguntes; no me mires, voy a llorar, a correr tan fuerte y a huir tan rápido que quizá me rompa ahora mismo. Demasiadas ganas, cariño, demasiadas ganas me han caducado mientras te esperaba sentadito en todas mis indecisiones. Y no he podido hacer mucho. No pude aprender a olvidar antes de que comenzases a doler. Y nunca supe cerrar los ojos hasta desaparecer. Ha sido un poco como llegar demasiado tarde, pero ya me voy acostumbrando. Y de nuevo la única forma que tengo de gritar es escribiendo, ahogándome en palabras que nunca te dije, que siempre estuvieron ahí, calladas, quemándome la garganta y dejando cicatriz. Algunos "Te quiero" y "Te echo de menos", otros "Ojalá estuvieses aquí" y un tímido "Vuelve pronto". Pero no. Pero no, ni tú ni yo, ni querernos ya, ni tú volver ni yo perseguirte. Ahora ya pasar página, sin querer, sin poder, con ese brillo en los ojos de que voy a llorar en cuanto deje de engañarme, que no soy tan fuerte. Y es que a mí, y eso ya lo sabes, siempre me han dado miedo los finales, quizá porque son inevitables.