¿Hubiese corrido entonces? Quizás si hubiese tenido espasmos de odio por tu pelo. Quizás si hubiese sido más consciente del daño que mi corazón compraba, eternamente merecido y a buen precio. Y quizás, no, quizás incluso hubiese destinado mi tiempo libre a liberar escamas y tensiones hablando contigo hasta que la luz de la noche nos asombrase con la boca abierta y el bostezo simple que nos despedía a besos.
Pero es tremendo esto de no poder alcanzarte nunca; y cada paso que doy me hunde más en el fondo de este vaso que, medio lleno o medio vacío, no se dignan nuestros labios a probar. Maldita falta de entusiasmo e interés, podrían descender en espiral elíptica los miedos y quedar nosotros expuestos a la vida sin máscaras, sin acuarelas, sin espejos vacíos de rostros irreconocibles. Nuestros rostros que viven el cuento sin inmutarse.
Pero, a estas horas, ya es demasiado tarde y me dirijo compensando en una pierna el dolor del corazón hacia casa; hacia la cama honda y las sábanas retorcidas. Me dirijo sin pensarlo hacia la habitación del oscuro techo y las sombras en las paredes, y el batín en la percha que me ríe como sonámbulo. Y así, de esta forma, como siempre, perdiendo constancia inconscientemente, termino moribundo en un vaso de leche caliente a altas (o bajas) horas de la madrugada. Implorando con sarcasmo frente a una de Woody Allen que no se nos pasen las horas volando; porque cuando las horas vuelan terminamos antes de lo que tardamos en abrir los labios y decir la primera, absurda e inocente, palabra para romper el silencio.