jueves, 10 de febrero de 2011

La ventana indiscreta

Hacía frío y los labios en los huesos, tiritando y emitiendo vapor que ascendía en segundos hasta el centímetro cero. Y yo recostado frente a tu ventana, al puro estilo de Romeo, esperando a que salieses como siempre. Pero quizás te has dormido unos segundos y ya no sales, y quizás me quedo aquí pasmado, por frío y por querer amarte, qué cruel, a veces, me parece que te estás volviendo.

¿Hubiese corrido entonces? Quizás si hubiese tenido espasmos de odio por tu pelo. Quizás si hubiese sido más consciente del daño que mi corazón compraba, eternamente merecido y a buen precio. Y quizás, no, quizás incluso hubiese destinado mi tiempo libre a liberar escamas y tensiones hablando contigo hasta que la luz de la noche nos asombrase con la boca abierta y el bostezo simple que nos despedía a besos.

Pero es tremendo esto de no poder alcanzarte nunca; y cada paso que doy me hunde más en el fondo de este vaso que, medio lleno o medio vacío, no se dignan nuestros labios a probar. Maldita falta de entusiasmo e interés, podrían descender en espiral elíptica los miedos y quedar nosotros expuestos a la vida sin máscaras, sin acuarelas, sin espejos vacíos de rostros irreconocibles. Nuestros rostros que viven el cuento sin inmutarse.

Pero, a estas horas, ya es demasiado tarde y me dirijo compensando en una pierna el dolor del corazón hacia casa; hacia la cama honda y las sábanas retorcidas. Me dirijo sin pensarlo hacia la habitación del oscuro techo y las sombras en las paredes, y el batín en la percha que me ríe como sonámbulo. Y así, de esta forma, como siempre, perdiendo constancia inconscientemente, termino moribundo en un vaso de leche caliente a altas (o bajas) horas de la madrugada. Implorando con sarcasmo frente a una de Woody Allen que no se nos pasen las horas volando; porque cuando las horas vuelan terminamos antes de lo que tardamos en abrir los labios y decir la primera, absurda e inocente, palabra para romper el silencio.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Trastornos de conciencia

¿Nunca has tenido uno de esos segundos de maníaco?

Verás, es uno de esos instantes del día en el que te quedas pensando profundamente y tienes ganas insufribles de dar al traste con todo. Joder. Ganas de correr muy lejos y no preocuparte por llegar tarde a la cena; que se enfríe, el microondas se muere de la risa.

¿Nunca has tenido un ataque de sueño vivo?

Verás, es uno de esos ataques en los que confudes la realidad con la ficción, con el mundo del sueño. Y no, no es que estemos soñando y pensemos que eso que vemos es lo real. Es cuando estamos en la realidad y parece que todo sea un sueño. No, no es un Deja Vu. Más bien es como, veréis, como si sintieses que al matar a alguien fueses a despertar, o si te al tirarte por la ventana fuese a caerte de la cama y quedases como un imbécil. No, no, yo nunca he tenido el repentino impulso de matar a alguien, porque soy muy pacífico, la única vez que hice algo de lo que me arrepiento fue cuando incendié la Iglesia del barrio. En realidad no he quemado nada, pero quería contrastar opiniones violentas.

¿Qué hago aquí?

Sí. Esta es una buena pregunta. Es una buena pregunta porque no es de fácil solución. Es como quién creó el Universo; es muy fácil, los que creen en Dios tienen esto solucionado. Pero joder, yo no creo en esas cosas. ¿Qué hago aquí? yo necesito algo más factible que la típica respuesta de los curas de barrio (¿Tengo algo con las Iglesias de barrio? Eso parece) Veréis, por hoy no vamos a responder a esta pregunta. Necesitamos formar un congreso de preguntas sin respuesta y jubilarnos a los 135 años. Imaginaos qué pensarán los que se echan las manos a la cabeza con los 67. No por... Dios, no. Podrían obligarme a hacer cosas malas, no por... Dios, no.

¿Hay vida después de la muerte?

Esta pregunta si que tiene respuesta. En mi opinión podemos decir que es igual que, por poner un ejemplo, ¿qué vamos a cenar hoy? está claro que nadie, sin tener conocimiento previo de que mamá o papá han previsto algo, sabe que va a cenar. Pero sabe que va a cenar, a no ser que le de un ataque entre el camino que hay desde el colegio a casa, o desde el trabajo a casa. ¿Hay vida después de la muerte? Pues no sé que vamos a cenar pero seguro que muerte de primero y de segundo sobran las palabras.

¿Orgasmos involuntarios?

Yo tengo muchos. Escuchando música ¿eh? o viendo una película (que no sea porno, porque si es porno no tiene gracia). Los orgasmos involuntarios nos vuelven locos a todos. Unos gritan de la emoción, lloran de la alegría o pegan un puñetazo a la pared y fingen el jodido dolor que les recorre la mano, todo sea por placer. Un orgasmo involuntario te coge casi siempre desprevenido, si no fuese así, quizás uno se pensase más eso de pegar un puñetazo a la pared.


Qué tarde es...

Preguntas retóricas


Había perdido el gusto de tu nombre de tanto repetirlo. Y también había olvidado lo maravilloso que es vivir en las nubes. Vivir del cuento. Vivir como un naúfrago desierto. Como una salvaje idea revolucionaria.

Pensaba que me había perdido en algún vaso medio lleno o medio vacío; estoy seguro de que no importa demasiado.

Yo pensaba que había perdido el gusto por volverme loco al despertar, por contar estrellas a dedo y no sumarlas, y luego perderme en preguntas sin respuesta; perderme en aquellos años de vicio adolescente que quemaban.

Yo pensaba que habían pasado esos miedos de hace mil días, cuando era tan distinto que la ropa ya no me cabe. Ha salido mucho el sol desde aquellos lejanos sueños de surfista, en los que aparecía en la cima del mundo, lleno de orgullo y picor de ojos. Había que despertar y la almohada seguía sugiriendo una salida.

Yo pensaba que había perdido los papeles hace tiempo. Los paples y la maleta. Pensaba que el camino había terminado y ahora tocaba esperar en la parada del bus el transporte que me llevase de nuevo a rayarme de coca cada segundo, y volar hacía cualquier lugar del mundo que me hiciese sonreir y abrir las alas.

Sabes, había tirado la toalla. Y el ring desde entonces estaba como sumido en un hipnótico segundo que no concluía nunca. Y yo, en una esquina, con una de esas miradas perdidas que tanto me gustaban porque decían de todo y no hablaban nunca. Con la mirada perdida esperando el encuentro fantasmal que me devolviese las fuerzas para actuar.

A veces necesitamos mucho silencio para pensar

sábado, 5 de febrero de 2011

Voy a romper las ventanas

Cuatro mil días después de aquel año obcecado
detecto que al fin te dignaste
a cumplir con la cita inaudible,
y me alegro, y me enfado a la vez.

Mirarte de frente.
Admito en voz alta
que no pocas veces he sido tentado
en coger mi esperanza
y lanzarla sin más a la fosa común
donde yacen los sueños
que nos diferencian.

Una imagen vale más que mil palabras

¿Nunca pensaste en dar el primer paso? En saltar al vacío, en coger mi mano, en buscar mi mirada entre la multitud y, no estamos solos, estamos juntos y estos días brillan, brillan más que nunca, que siempre, que jamás.

A veces la vida es masoquista y nos da alguna que otra sorpresa.

Nosotros, que vivimos en el mundo de las fantasías, donde todo es posible a fin de cuentas. Donde todo lo imposible siempre resulta ser algo imprevisible, y sucede cualquier inesperado día de febrero, cuando estamos como expectantes de que se rompa el hielo que recubre nuestro sliencio. Un silencio que se muere de frío desde hace quién sabe cuántos sueños dormidos que no despertarán.

Y luego perdemos la cabeza y la noción del tiempo; tú siempre has sido la locura de mi vida.

Aquí estamos, en tiempo muerto o vivo, no importa si sea como fuere nunca estás aquí. Así que en este momento estoy incompleto, que cruel, que inoportuno haber encontrado tu nombre escrito en mi piel. Que casualidad tan hermosa, que vértigo tan sano. Este cáncer mata bien.

Y ahora me propongo encontrarte. Encontrarte en silencio, disimulando el amor que me quema, y el silencio... el silencio que sigue estabilizando los días. Así me mantengo con fuerzas para rescatarte si te veo saltando, por si te veo rompiendo ventanas o por si te veo corriendo escaleras abajo buscando perderte.


Yo me perderé contigo.